lunes, 23 de mayo de 2011

Viernes 13 mayo 2011: AGATHA CHRISTIE


Nació en Inglaterra en 1891. Se destacó en los campos de la novelística y la dramaturgia, en el primero de los cuales trabajó específicamente el relato de corte policíaco.
La apacible ama de casa, dedicada a mimar a sus gatos y cuidar su jardín, creó un verdadero fenómeno bibliográfico al estructurar sus relatos en torno a Hércules Poirot, singular personaje mezcla de filósofo y detective, a quien le encomendó la resolución de la mayoría de sus intrincados casos.
Pese a que a nivel estilístico la obra de Christie es plana y en algunos casos poco interesante, es innegable que originó un fenómeno de masas.

Algunos participantes de LA ORDEN SECRETA DEL LIBRO, escribieron sus relatos de misterio, al más puro estilo Agatha Christie.


EL MISTERIO FELINO
Autores: Nicolás Pérez, Magdalena Canobra y Jesús González

Maxisqui Ganvosketi estaba viendo televisión cuando de pronto escuchó que algo se cae; se asustó, tuvo miedo, se da cuenta que su gato salió por el balcón de la ventana.
Sabe que vive en un lugar seguro, pero no se preocupa; aun así, teme que su gato pueda perderse…
Se dirige hacia el balcón preocupado. Se siente aliviado, su gato estaba a salvo; sin embargo, escucha que alguien se acerca caminando misteriosamente; tenía miedo, estaba asustado, sabía que eran sus últimos momentos de vida…
Se acerca Dandoy Doy con su guante de box y con una gran agilidad, la agilidad de un gran jaguar, empujando a Maxisqui Ganvosketi hacia fuera. Él cae desde su preciado balcón. Maxisqui Ganvosketi había muerto.


RELATOS DE UNA VIDA FRÍA: KRIS GILYA
Autores: Tomás Muñoz, Cristóbal Arraigada, Rodrigo Pavez y Pravin Bassarmal

Kris Gilya estaba sentado en el living de su hogar, mirando la gran muralla blanca en frente suyo, como de costumbre lo hacía. Sin embargo, esta vez duro más aquel misterioso trance. Sus músculos se contraían, la pelota anti-estrés posada sobre su mano izquierda era exprimida al máximo cada cierto tiempo, sus torpes dedos giraban en toda dirección a aquella pelota; en el fondo, no tenía gran significado.
Estaba mucho más atento a todo lo que ocurría a su alrededor, una brisa entraba y el candelabro se movía levemente con un ritmo de vals, un gato rasgaba el vidrio de la ventana, una señora pasaba por fuera de su apartamento a un extraño ritmo y a altas horas de la noche (estaba borracha); sin embargo, ninguno de estos elementos los separaban de la imagen repetida que veía en su cerebro, o lo que pensaba, se repetía las misma preguntas y afirmaciones débiles << Será lo que vi cierto?>> << Quizás fue por el cansancio>> eran las respuestas que le daba a su cerebro para tranquilizarlo. No daba resultado.
Kris Gilya esa misma noche había asistido a la ceremonia de policías en el museo de la ciudad, el general Jordán Whitepsmat entregaba diplomas a los policías destacados, todos aplaudían, sonreían, bebían y comían, como si les interesara, o como si hubieran dejado su egocentrismo repentinamente de lado, y mágicamente una faceta generosa habría emergido de lo más profundo de su ser, pretendiendo que siempre estuvo allí. El grado más alto de lo antes dicho, se mostró cuando Philip James, alcalde, dono “con toda bondad” dinero al orfanato de la calle Weelston; ni si quiera dejó que los tres niños le abrazaran, todos reían, con caras falsas y huecas, preocupándose de ellos mismos, sin siquiera pensar una gota. Yo yacía allí, parado en el escenario, serio ante la situación, con una leve cara de desprecio, pero que no se notase demasiado.
Ya era tarde, el alcalde junto al general entregaban un premio a mí, sonreí para darles un pequeño gusto, “Para el mejor detective de la ciudad” dijeron, mientras yo pensaba, “si, 7 años sirviendo a un grupo de idiotas (para no decir imbéciles)” pero sonreía, aunque no lo crean, aun así después de que me hayan dado 6 años el mismo diploma, con lo mismo escrito, y con el mismo destino, el basurero de la ciudad. Para lograr la sonrisa, tan sólo me fijaba en detalles de 0 importancia dentro de la sala, como siempre, una cosa me llevaba a la otra, podía notar la comida que se había caído al piso, esta era limpiada por una escoba gruesa y oscura, que me guiaban a un señor de limpieza, camisa verde pantano, zapatos café, todo formal, y una cara agotada con un grueso bigote gris, cara conocida y repetida en la ciudad, un yoqui llevaba puesto, marca Fon, igual al de los demás auxiliares ¡y qué sorpresa!, era la marca de la boina del señor James, sus zapatos eran marca “Finnis”, curioso, igual empieza con una “F” ¿ tendrá una obsesión por las cosas que empiezan con la letra “F”? su camiseta era de la línea de ropa “Foccus; artículos para caballeros”.
Hubo un estruendo, recorrió el salón entero, su destino, el cráneo del alcalde. El general cayó segundos después, sin que la bala lo tocara, ¿Cómo ocurrió? Era un nuevo caso a resolver, solo yo parado en el escenario, observando el nacimiento de aquella bala, una puerta cerrándose, y todos gritando.
Los policías retiraron a todos del museo, solo quede yo, recorriendo los salones, viendo todo lo que había quedado de aquella noche. Entraron paramédicos, y se llevaron los cuerpos muertos. Pero no le presté importancia a ello, seguía en lo mío: buscar alguna clave que desencadenara la respuesta de lo ocurrido. Ya se habían ido todos, quedaba yo, unos cuantos guardias, unos auxiliares (resultado de un trabajo explotado por la sociedad, eran las 2:30 de la mañana y seguían trabajando), y nadie más, la gran mayoría de las luces estaban apagadas. Estaba sentado en una banca, observando, era un gran salón con gigantescos pilares blancos, se podía observar el segundo piso. Las murallas estaban repletas de cuadros y esculturas que salían de la pared o que tan solo estaban allí, en el medio, unas escaleras y un gigantesco pilar que en la sima tenía un diamante, el tesoro más preciado del pequeño pueblo desde que tengo memoria. Era resguardado por vidrios.
Recordaba, que cuando era pequeño iba a ese mismo lugar, a apreciar a aquella roca brillante, que la sociedad le llamaba “joya” siempre rebotaba las 4 luces que alumbraban el preciado tesoro. Desde entonces comencé a interesarme por el estudio de las rocas, interés que duro 1 mes en secundaria. Pero esa es otra historia.
Algo me decía que debía seguir recordando, mi cerebro cavaba un profundo agujero en mi subconsciente de los recuerdos infinitos, algo había allí que me llamaba la atención, intentaba conectarlo con la roca, pero no daba resultado, intente de cambiar de objetivo, un cuadro quizás, pero el resultado era nada. También trate de olvidarme, pero se me hacía imposible. Fue en ese momento cuando me estremecí.
“Los diamantes no son así” me dijo mi cerebro, deje de recordar de un tirón. Las 4 luces que yacían encendidas, pasaban de largo, no rebotaban con la misma intensidad, como siempre había sido, comencé a rodear el pilar, me di cuenta que era correcta mi teoría, las luces pasaban de largo, y rebotaban muy poco en el diamante, habían robado la joya más atesorada por el pueblo, y junto a ello habían matado al alcalde ¿y qué hay del general? Murió de un paro cardiaco quizás, no hay forma de explicar su forma de muerte.
Lo guardé en secreto, nadie debía saberlo, por lo cual decidí ir a mi departamento lo más pronto posible, me despedí de cada uno de los guardias y hombres de limpieza, fingiendo paz en mi interior y sintiendo pena por la forma en la que eran utilizados. Llegue a mi casa, tenía hambre, me habían ofrecido algo de comer y beber, pero dije que no, ridícula decisión, tenía mucha hambre, eran las 3:45 de la mañana, mi refrigerador y despensa estaban vacíos. Tome todo los tarros de café que tenia, y de ellos saque lo poco que tenían dentro, calenté agua, y me prepare un café caliente a las 4:00 de la mañana, lo que había visto no me dejaba tranquilo.
Me senté en mi living, tome mi café, deje la taza a un lado, tome de un cajón una pelota de espuma, y mire la muralla blanca enfrente de mí. Una señora pasaba por fuera de su apartamento a un extraño ritmo y a altas horas de la noche, estaba borracha, pues en el pasillo se escuchó un gran sonido de caída minutos después, por lo cual salí a ayudarla. La levante y le pregunte “señora, sabe cuál es su apartamento” se quedo haciendo ruidos mientras la levantaba, finalmente dijo con una voz maltrecha “el c-14 señor de, detective Kris” no sabía por qué sabía me verdadero nombre, siempre usé el seudónimo Alan Steven, nunca la había conocía, ni siquiera sabía que existía, fue una coincidencia quizás.
Llegamos a la puerta de su apartamento, sacó la llave, intentó de colocarla, trató unos 5 minutos, cuando intentaba de ayudarla decía “fufsfusus” una cosa incomprensible, hasta que se dejó después de haber dicho que todas las cerraduras del planeta eran basura. La abrí, y la señora dijo “sh, sh, sh silencio amigo” entre en silencio, no quería imaginarme qué pasaría si no le hacía caso. Intenté asegurarme de que llegara al sillón de su living para que allí descansara hasta al otro día.
Comencé a escuchar voces, al llegar al living, después de un interminable pasillo y cocina, dos paramédicos, examinaban a dos personas, una bolsa sobre un sillón, encima de él un diamante, y la cara de un hombre cansado de bigotes grises y yoqui Fon mirándome, y gritándole a su borracha esposa, pronunciando unas palabras a mí, “Kris Gilya, ¿me recuerdas? Cumplí lo prometido”.
Un recuerdo vino a mi mente, aquella persona había trabajado por años en el museo, desde que era pequeño, siempre platicaba con él, en ese entonces no tenia bigote y era joven, discutíamos temas que no comprendía bien, pero con el tiempo fui entendiendo. Un día fui al museo, y no lo vi más. Volví a mi hogar decepcionado, vi el periódico, y su rostro estaba en primera plana, “muere tras sobredosis de LSD”. Claramente no había muerto, lo fingió, y se invento una nueva vida, un diferente nombre, el mismo empleo, pero ahora era más viejo, y tenía un objetivo en la vida, destruir a 2 hombres corruptos, uno con un balazo, al otro con veneno, ¿el diamante? Le pertenecía legamente, se lo habían robado a su abuelo, después de asesinarlo a él y a su padre, un tal Philips junto a un cadete principiante llamado Jordán.
Gordon Krabs, fue culpable de nada, nunca dije algo a alguien, fue el primer caso que “no fui capaz de resolver” él tenía razón, concordábamos en los mismo, cuando era pequeño era un gran amigo de él, y si cumplió su promesa, cuando tenía 16, y lo vi por última vez me dijo “adiós, debo encargarme de sacar 2 bolsas de basura y entrar una nueva obra de arte, recuerda”.

No hay comentarios:

Publicar un comentario